HOBSBAWM Y LOS BANDIDOS

Por Nadal Perales. Palma de Mallorca, 11 de Abril de 2020.

Robin Hood, Jesse James, Diego Corrientes, Salvatore Giuliano o Pablo Escobar son algunos de los más famosos bandidos, no sólo ya de la cultura popular sino también de la moderna cultura mediática. En estos tiempos de urgencia y volubilidad, los individuos se encuentran desamparados frente a un modelo que reduce sus proyectos vitales a aquello que quede entre el trabajar y el consumir. Las imágenes de libertad, justicia y heroísmo que se asocian a estos bandoleros en tantos productos audiovisuales contemporáneos -la serie Narcos sería el más reciente ejemplo- vendrían a compensar la ausencia de alternativas vitales propia de nuestras sociedades avanzadas. Así, la vida y la historia de los bandidos constituyen una cuestión que ha venido examinándose bajo el tupido velo que corren los mitos sobre la apariencia de las cosas, despojando a estos personajes de todo el contenido histórico que atesoran, una tendencia que se acentúa con la simplicidad y la estandarización con las que opera la cultura audiovisual hegemónica.

En cualquier caso, según la ley, cualquier asaltante o grupo de asaltantes que se dedique a robar, extorsionar, estafar u otro tipo de actividades ilícitas, independientemente del motivo o la víctima, es un bandido, alguien que transgrede la legalidad. Delincuentes, ladrones, criminales y bandidos son términos que suelen utilizarse de forma indistinta, oscureciendo los matices que existen entre ellos. Arrojar luz sobre todo este asunto, aproximándose al marco de condiciones que posibilitan el bandolerismo y atendiendo a sus relaciones con su entorno es la tarea que se propone el autor del libro Bandidos, el historiador marxista Eric Hobsbawm (1917-2012). En línea con su adherencia a los objetos de estudio de carácter contrahegemónico y a las dimensiones del conflicto en la sociedad rural -de la que forman parte las obras Rebeldes primitivos (1959) y Revolucionarios (1973)-, Bandidos (1969) sirvió como punto de partida del estudio contemporáneo de la historia de los bandidos. Desde entonces, los estudios sobre la materia se han multiplicado, lo que ha supuesto la revisión crítica de algunas de las imágenes y estereotipos que se presentan en el libro, algo que de ningún modo resta relevancia a las contribuciones de Hobsbawm en el estudio de un fenómeno con tantas aristas1. Lo cierto es que es una obra en la que se combinan y acoplan, de una forma muy satisfactoria y ligera para el lector, extensos fragmentos de contenido teórico (claves para descifrar el bandolerismo) con experiencias y casos concretos de bandoleros, como los del catalán Quico Sabaté o el brasileño Lampiao.

Parece evidente que la existencia del bandolerismo viene condicionada por su interacción con los ordenes socioeconómicos y políticos en los que actúa: el bandolerismo no puede existir fuera de ese orden económico, social y político al que tenga la oportunidad desafiar. La violencia, la extorsión, el robo y otros procedimientos irregulares son los principales métodos de los que se sirven estos hombres -para una mujer era más complicado ser bandida- para imponer su voluntad a sus víctimas. El significado histórico de ‘bandido’ es, entonces, ese desafío a quienes detentan o reclaman el poder, la ley y el control de los recursos en las sociedades con divisiones de clase y estados. Siguiendo esta definición emerge un fenómeno tan amplio y antiguo que obliga a acotar los márgenes de investigación, razón por la cual esta obra versa exclusivamente sobre un determinado tipo de bandidos en un determinado tipo de sociedades: aquellos ladrones que en sociedades campesinas previas al capitalismo no son considerados o etiquetados por la la opinión pública como criminales, a los que Hobsbawm recoge bajo el concepto de ‘bandidos o bandoleros sociales’ (un significado que, en nuestras sociedades capitalistas avanzadas, alude a un fenómeno ya extinto)2. Así, aunque según esta perspectiva el bandolerismo pueda abarcar tantos siglos como tengan los órdenes socioeconómicos y políticos, el autor presenta una división de la historia del bandolerismo social que se circunscribe a las sociedades campesinas y a sus trayectorias y transiciones. Examinando este tipo de sociedades, se descubre que el bandolerismo se desarrolló como un conjunto de estrategias delictivas en la que los campesinos tomaron parte para completar su economía y asegurar su subsistencia. En las tres frases sucintamente descritas por el autor, el hambre es el elemento que estructura el ritmo del bandolerismo, tal y como reza el antiguo proverbio chino: ‘es mejor infringir la ley que morir de hambre’. Por tanto, el bandolerismo florecía en aquellas regiones más pobres o durante aquellos meses del año en los que había poco trabajo agrícola y escaseaba la comida. En este sentido, el bandolerismo fue, así como hoy en día lo son el crimen y la delincuencia comunes, la última opción que muchos tenían para no morir de hambre -salvo en aquellas regiones donde el bandolerismo era una manera arraigada de ganarse la vida, como una carrera profesional-.

La historia del bandolerismo debe comprenderse siempre en el contexto de la historia del poder, del control -social, legal, religioso, etc.- tanto de los gobiernos como de otros órganos de poder -los señores propietarios en sociedades campesinas- sobre territorios y poblaciones. A este respecto merece la pena decir que la obra de Hobsbawm hubiera sido mucho más rica si se hubiera recurrido a fuentes judiciales, legales y otros documentos de archivo que ayudaran a comprender mejor el terreno legal en el que se movían los bandidos3. En cualquier caso, el control social ejercido por el poder político y otros aparatos nunca fue omnipresente ni omnisciente, mucho menos en montañas y bosques, el escenario adecuado para la proliferación de bandolero, que es un núcleo de fuerza armada y, consiguientemente, una fuerza política cuyo papel político dependerá de su relación con autoridades y terratenientes locales. Toda esta red de relaciones del bandido con estos órdenes a los que desafía le otorga cierto carácter insurgente, de protesta. Tanto que, en algunas ocasiones, el bandido se acerca y puede llegar a convertirse en revolucionario -Pancho Villa, por ejemplo, practicó el bandidaje junto a un grupo de bandoleros unos años antes de unirse al movimiento revolucionario-, pero nunca debe identificarse el bandolerismo con una voluntad explícita para alterar el orden social. Al menos en la China tradicional, el pensamiento político contemplaba este carácter entre uno de sus principales tópicos: el vínculo potencial entre el bandolerismo y el derrocamiento periódico de dinastías. Así, el posicionamiento del bandido en el contexto de la historia del poder político conduce, en sus más altas esferas, al poder de los imperios y los estados. Cabe señalar, no obstante, que en los siglos de historia de las sociedades agrícolas el tipo de poder político que las comunidades de campesinos veían manifestado era eminentemente local o regional. El poder de aquellos reyes y emperadores era ejercido por mediación de señores locales que podían interactuar con los campesinos no sólo mediante la coacción, sino también a través de la lealtad de parentesco.

La capacidad que estos tenían para ejercer su poder sobre todo lo sucedido dentro de sus fronteras se veía limitada por la ausencia de medios de coerción que permitieran un control constante y dilatado sobre sus poblaciones, incluidas las partes más remotas de sus territorios. En la película de 1961 Bandidos de Orgosolo,dirigida por Vittorio de Seta, se ve representada esta incapacidad del poder político para extender su control a la totalidad de un territorio cuando la policía intenta, sin éxito, dar batida a un pastor que se refugia en las regiones montañosas de Barbagia, en la isla de Cerdeña. Por consiguiente, la debilidad e intermitencia del poder contenían el potencial para el bandolerismo, que se convertía en fenómeno de masas sólo allí donde el poder era inestable, ausente o fallido. Era necesario rellenar esos huecos, pasando de un poder global con lagunas a un poder ininterrumpido y atomizado. Así, con la consolidación de los estados-nación territoriales, que concentran y monopolizan la facultad de ejercer el control físico, el control del estado central llega directamente a todas las personas que hay en el territorio nacional. Todo y que parece que venimos asistiendo, desde las últimas décadas del pasado siglo, a un repliegue de los estados nación territoriales en favor de instancias supranacionales, no debemos confundir la pérdida de soberanía política que esto conlleva con una menor capacidad de los estados para desplegar su arsenal represivo que, hasta cierto punto, no ha hecho más que engrosarse gracias a la aplicación de las nuevas tecnologías digitales a la esfera de la seguridad y la vigilancia.

Para Hobsbawm, la “modernización”, concebida como “la combinación del desarrollo económico, las comunicaciones eficaces y la administración pública, elimina las condiciones en que florece cualquier tipo de bandolerismo, incluido el social”. En mi humilde opinión -siempre que no se considere que las sociedades viven ya en la distopía orwelliana-, como el poder que se ejerce también delimita, siempre habrá márgenes a los que su mano invisible no alcance, como bien expresa la persistencia de tantas actividades ilícitas en nuestras sociedades avanzadas. Es más, considero que esta nueva era de la información, comunicación y globalización, con la revolución tecnológica de la que ha venido acompañada, abre todo un horizonte de posibilidades tanto para el bandolerismo como para aquellos proyectos subversivos de transformación social, si bien ello también se traduce en un recrudecimiento de los aparatos que tiene el poder para controlar y reprimir . Creo que el trabajo de los movimientos sociales debe comenzar por asumir la ambigüedad de estas nuevas tecnologías, tal y como pretende hacer el hacktivismo, una cuestión de actualidad sobre la que vale la pena volver mas adelante.

Bandolerismo social

A partir de aquí, Hobsbawm se ocupa de aquella “forma de rebelión individual o minoritaria dentro de las sociedades campesinas“, el bandolerismo social, cuya máxima expresión sería Robin Hood. Este tipo de bandolerismo suele presentarse en momentos de transición histórica, principalmente en aquellas sociedades “que se hallan entre la fase de evolución de la organización tribal y familiar y la sociedad capitalista e industrial moderna, pero incluyendo aquí las fases de desintegración de la sociedad familiar y la transición al capitalismo agrario“. El bandolero como figura histórica nace como respuesta a la penetración del capitalismo en las sociedades agrarias, la cual provocó profundas transformaciones en el modo de vida de sus miembros. Así pues, parece lógico pensar que esa época transitoria que Marx denominó ‘acumulación originaria’, con sus correspondientes procesos de desposesión, fue un campo de cultivo muy fecundo para el bandolerismo.

A pesar de ser formalmente campesinos fuera de la ley, a las que tanto el estado como los señores consideran criminales, los bandoleros sociales pertenecen a entornos campesinos particulares en los que son percibidos y aceptados como “héroes, paladines, vengadores y luchadores por la justicia”, gozando de fama y admiración. Nos movemos, así, en los terrenos pantanosos de la moral y la opinión públicas y el etiquetaje social. En consecuencia, para Hobsbawm la categoría bandido social incorpora al bandido -socialmente percibido como- bueno y descarta al bandido -etiquetado como- malo, con todas las limitaciones y la discrecionalidad que los juicios de valor aportan a cualquier examen riguroso. En cualquier caso, al considerarse personas-modelo a las que cabe admirar, el bandolero social se dota también del apoyo y la ayuda necesarios para continuar con sus acciones, tejiendo toda una red local de comunicaciones y confidencias ajenas a la autoridad. En este entramado se construye el mito del bandolero, que en forma de historias, octavillas y canciones se instala en los imaginarios colectivos de las comunidades campesinas creando marcos mentales -válidos para aquellas comunidades- para explicar el funcionamiento de las cosas, asegurando de esta forma la reproducción y la transmisión de estos valores y modelos, algunos de los cuales llegan hasta nuestros días. La teoría criminológica de la asociación diferencial4, con todas las limitaciones que pueda tener, vendría a confirmar esta tendencia propia del bandolerismo social. Según esta perspectiva, el proceso por el cual alguien se convierte en criminal se estructura a partir del aprendizaje y la convivencia con modelos que aprueban y promueven la infracción de la ley. Aunque para Hobsbawm “los pistoleros del cártel de la droga ya no tendrán nada en común con el antiguo mito del bandido” en la medida en que la opinión pública los considera crueles e inhumanos y provocan bajas accidentales y arbitrarias , es inevitable no establecer paralelismos entre el arquetipo de bandido social descrito por Hobsbawm y la historia que nos ha llegado sobre el más famoso de los narcotraficantes, Pablo Escobar. Además, para Hobsbawm los bandidos sociales difieren de los criminales modernos en que buena parte de los últimos eligen libremente -una categoría, la ‘libre elección’, demasiado laxa para un análisis válido- la ilegalidad, mientras que los primeros, al menos los que menciona en su obra, no eligieron ponerse fuera de la ley.

En esta relación entre el campesinado y el bandolerismo, que mantiene sus raíces locales, es donde se halla la diferencia con otros tipos de delincuentes y criminales propios de esas sociedades campesinas: aunque a ojos de la ley todos fueran delincuentes, según la moral del pueblo unos eran criminales y los otros no. De ahí que las comunidades campesinas poseyeran una autonomía y unos códigos morales y legales propios que, normalmente derivados de la religión y las costumbres en común -lo que E.P. Thompson denomina ‘economía moral de la multitud‘-, eran diferentes a la ley del estado y del señor. Todo ello conduce a pensar que el bandolerismo social, antes que una realidad social particular, es más una cuestión de aspiraciones, valores, percepción y situación: para un bandolero social es impensable robar las cosechas de los campesinos -pero no las del señor- en su propio territorio, y posiblemente no lo haría tampoco en cualquier otro lugar. Además, sus acciones están deliberadamente situadas de modo que “un hombre puede ser a la vez un bandido en sus montañas nativas y un simple ladrón en el llano“. Según Hobsbawm, el bandolerismo social constituye así un fenómeno universal que se presenta de forma uniforme -ya sea en América, Europa, el mundo islámico o Asia- en sociedades agrícolas compuestas por campesinos y trabajadores sin tierra oprimidos y explotados. Sorprende, no obstante, que siendo un fenómeno tan universal y antiquísimo la obra de Hobsbawm no incluya ninguna referencia a alguna de sus primeras manifestaciones. En la Antigua Roma, por ejemplo, diversas fuentes describen a personajes como Viriato en Hispania, o Bulla Felix en territorio itálico, que se ajustan al prototipo del bandolero social establecido por el autor británico: asaltadores que reparten el botín de forma justa e igualitaria, admirados y respetados por sus seguidores, y tocados por el mito de la invulnerabilidad5. Ya según Estrabón (63 a.e.c. – 23 e.c.), geógrafo e historiador griego, la pobreza y la dureza de la tierra eran una de las principales razones para que algunos se dedicaran al bandidaje. Se podría deducir, con poco margen de error, que esa uniformidad del bandolerismo debe venir condicionada por la falta de recursos de los campesinos y por el ritmo del hambre, elemento que ha venido estructurando el ritmo del bandolerismo.

El valor de las aportaciones de Hobsbawm radica, a mi juicio, en su atención al marco y al conjunto de las condiciones materiales -estructura social y económica, geografía, tecnología y administración, entre otros factores- que posibilitan el rango de acciones y conductas del bandolerismo, huyendo de aquellas explicaciones de corte más reduccionista. De la interrelación de estos factores, entonces, nacen las variaciones diacrónicas y geográficas en el bandolerismo, a las que más adelante atenderemos. Geográficamente, los bandidos se multiplican en aquellas regiones remotas y de difícil acceso, tales como montañas, bosques o zonas pantanosas, y en aquel territorio que permite al bandido ponerse fuera del alcance de la ley y la autoridad en unos cuantos pocos kilómetros. En línea con esto, se debe subrayar el papel que juegan las vías de comunicación y las carreteras en el campo de posibilidades del bandolero: parece obvio que los bandoleros preferirán, en lugar de carreteras modernas donde el tránsito es fácil y rápido, aquellas rutas en las que el tránsito es más lento y complicado. Por otro lado, como ya se ha señalado con anterioridad, la estructura de la política rural y la administración local juegan también un papel crucial en el escenario del bandolerismo. Su escenario ideal es aquel en el que el aparato estatal central no existe o es ineficaz y estas autoridades y terratenientes se encuentran ocupados en cuestiones locales complejas. Ello les forzaba a formalizar pactos y mantener el contacto y las buenas relaciones con los bandidos, quienes acababan así protegidos e integrados en la sociedad establecida: todos tenían que entenderse con los bandidos. En cuanto a los factores económicos , como también ocurre con la delincuencia moderna, “el bandolerismo tendía a ser epidémico en épocas de pauperismo y de crisis económica“, así como cuando catástrofes ocasionales -desastres naturales tales como terremotos o inundaciones, guerras o colapsos administrativos- dejaban un amplio vacío de autoridad que podía ser aprovechado. Al vivir en economías monetarias, los bandidos requieren de intermediarios que les conecten tanto con la economía local como con redes más amplias de comercio donde poder colocar sus botines. La fuente de ingresos más lucrativa para los bandidos de esta época, dice Hobsbawm, han sido los rescates de los secuestros, tanto que en China se hablaba de “una especie de impuesto no oficial sobre la riqueza aplicado a los propietarios locales” que los justificaba socialmente, al menos a ojos de los pobres.

Si se siguen las tesis planteadas por Hobsbawm, las transformaciones sociales que la transición a una sociedad capitalista arrastra consigo fulminan el modelo de sociedad agraria en el que interactúan los bandoleros sociales y, por tanto, estos desaparecen y pasan a formar parte del pasado. Aun así, en estas épocas de transición social histórica en las que el nuevo mundo tarda en aparecer, el bandolerismo puede actuar como vehículo o acompañante de movimientos o protestas sociales de mayor calado, como las revoluciones campesinas. Puesto que para el bandolero la causa del pueblo y sus ideales son verdades evidentes, los caminos de bandidos y revolucionarios pueden encontrarse, pero el bandolerismo no constituye un programa para la sociedad campesina -más allá de la defensa o restauración del orden tradicional de las cosas-, sino una vía para escapar de ella y una forma que tenían los campesinos de asegurarse su subsistencia. Del mismo modo, la fuerza y las posibilidades del bandolerismo se veían normalmente limitadas por el tipo de estructura inestable que caracterizaba a estos grupos. En la medida en que la tarea del bandido social no consiste en descubrir el camino sino en desbrozarlo, el bandido social es reformista y no revolucionario6. Aun así, los bandidos pueden erigirse como auténticos movimientos revolucionarios cuando se convierten en símbolos de resistencia frente a las fuerzas que tienen como objetivo alterar y destruir ese orden tradicional de las cosas. En este contexto, la figura del bandido representa el ideal de la “buena sociedad antigua”. Este fue el caso, por ejemplo, de los bandidos del reino de Nápoles que durante la unificación italiana se levantaron contra las fuerzas que iban en contra del Papa, la Santa Fe y el rey. Una segunda razón que puede contribuir a dicha conversión se refiere al conjunto de expectativas y aspiraciones inherentes a la sociedad campesina, cuyas principales manifestaciones giran entorno a doctrinas milenaristas, aquellas que denuncian la opresión de lo más débiles y profetizan la llegada de un nuevo mundo de igualdad, hermandad y libertad. Bandolerismo social y milenarismo van de la mano de tal forma que el bandidaje a menudo sirve de precursor a una revolución campesina, tal y como en la región de Andalucía, una zona tradicionalmente asociada a los bandidos, cuajó unas décadas más tarde el anarquismo rural. El potencial revolucionario del bandolerismo, que tuvo un papel muy destacado en la Revolución China con figuras como He Long (1896-1969), jefe de bandidos que acabó por afiliarse al Partido Comunista y siendo general, lleva a pensar que toda revolución, como desafío al orden político,económico y legal hegemónicos que representa, es, al menos al principio, bandolerismo.

En las sociedades campesinas, hacerse bandolero equivalía a liberarse del doble yugo del señor y del trabajo. La tierra y los ciclos agrícolas, así como los matrimonios, encadenaban a los hombres a sus territorios, a lo que cabe añadir el escaso margen de movilidad social existente en dichas sociedades. En algunos casos, esta ausencia de libertad, con una probable aspiración a ser libre y dejar de ser pobre, justifica por si misma las razones que llevan a convertirse en bandido, una decisión que es individual y voluntaria. Por ello, desde una débil demanda de trabajo -como solía ocurrir en zonas rurales sobrepobladas- que obliga a buscar fuentes de ingresos alternativas, a cuestiones de marginación e integración sociales -como ocurría a soldados, desertores y ex militares-, hay muchas razones -tanto individuales como colectivas- que empujan a convertirse en bandidos. De este conjunto de fuentes de bandidos nacen diferentes tipos de bandolerismo social. El primer tipo es el ladrón noble, cuyo ejemplo más universal es Robin Hood, personaje que probablemente sólo existió como leyenda inspirada en la existencia de bandas armadas de campesinos. Este tipo de bandido actúa como paladín que persigue la justicia y corregir los abusos y las desigualdades sociales: roba al rico, ayuda al pobre y no mata a nadie. Esta moderación en el uso de la violencia por parte del ladrón noble contrasta con un segundo tipo de bandolero social, los vengadores, quienes utilizaban la violencia y la crueldad puesto que, al fin y al cabo, el bandido no vive sólo de la estima y la admiración de quienes lo apoyan, sino también del miedo que inspiran sus acciones a sus posibles blancos. El tercer tipo de bandido social que describe Hobsbawm lo constituyen los haiduks, una especie de colectivo de caballeros populares -muchos de los cuales eran vaqueros o ganaderos- propia de las llanuras de los países de la Europa del sureste como Grecia, Ucrania y principalmente Hungría. Este tipo de bandolerismo, que surge a partir del siglo XV como producto del avance en estos territorios de los terratenientes cristianos y de los conquistadores turcos, poseía una estructura firme y permanente, constituyendo un desafío a la autoridad oficial mucho más serio, ambicioso e institucionalizado que el que representaban otro tipo de bandidos. Por último, Hobsbawm se refiere a los cuasi bandidos o expropiadores, aquellos revolucionarios que adoptan los métodos del bandolerismo y cuyo origen debe encontrarse en “el medio anarquista-terrorista de la Rusia zarista de los años sesenta y setenta” del siglo XIX. Así, en Bakunin se encuentra un ideal del bandido como “el revolucionario único y genuino (…), sin retórica culta (…), no político e independiente de todo estado“. Las acciones de este tipo de bandidos se orientaban a la expropiación, a los robos -básicamente a bancos- destinados a proporcionar fondos a los revolucionarios.

Algunas de las experiencias que recoge Hobsbawm en su obra -como, por ejemplo, la del anarquista ‘expropiador’ catalán Quico Sabaté (1915-1960), probablemente la figura más representativa de la guerrilla antifranquista en Cataluña- nos recuerdan que pese a que los tiempos hayan cambiado -y tal vez mucho- y buena parte de sus métodos deben reconsiderarse, la experiencia del bandolerismo social puede aportar a los movimientos emancipatorios lecciones muy ricas y productivas. Queda mucho por aprender de Robin Hood.

Bandolerismo y postmodernidad

Todos estos tipos e imágenes han contribuido a convertir a los bandidos en símbolos y mitos de la cultura popular, muchos de los cuales se han redescubierto hoy día gracias a la moderna industria cinematográfica. En sus productos -cine y series- aparecen retratados el apoyo mutuo en condiciones de libertad e igualdad, el sueño de justicia y la desobediencia a la autoridad que caracterizan a este tipo de bandidos. La manera en la que se reproducen sus mensajes e imágenes, así como los efectos que ello puede generar, es un tema de suma importancia todavía por explorar, sobre todo en sociedades en las que tantas personas viven subordinadas y marginadas, y para las cuales el bandido representa el único modelo válido conocido de libertad y valor. En un mundo de galopantes injusticias y desigualdades sociales, el significado y la vigencia que todavía tiene para muchas personas el mito de Robin Hood, en tanto en cuanto representa no sólo la libertad y la justicia sino también la insurgencia frente a las injusticias que sufren tantos individuos, es indudable y debe ser actualizada.

De todos modos, parece legítimo pensar que el papel del bandido social rural, más que desaparecer, se transforma en la medida en que se interpreta en un escenario nuevo de modernidad capitalista industrial, con un nuevo paisaje tecnológico y nuevos actores que ya no se identifican con los códigos que describe la obra. Algunos autores, como el sociólogo Manuel Castells, hablan de una nueva era catalogada como la ‘sociedad red’, donde cada uno de los aspectos de nuestra vida están siendo modificados por la transformación social y tecnológica que esta significa. En este nuevo contexto, la generación, el procesamiento y la transmisión de información, comunicación y conocimiento, a través de un conjunto variado de nuevas herramientas tecnológicas y digitales, aparecen como piezas fundamentales de la economía y el poder. Estas transformaciones contribuyen asimismo a ampliar el arsenal represivo, siempre bajo la coartada de más seguridad y más vigilancia para hacer frente a las “impurezas”, con el que cuentan los distintos órganos de poder vigentes en nuestras sociedades avanzadas. No obstante, este nuevo paisaje trae consigo tanto nuevas vulnerabilidades del poder y nuevas oportunidades para el contrapoder, convirtiéndose en armas de doble filo que nos pueden ser útiles para asaltar los cielos. Así, al mismo tiempo que se incrementan las herramientas de control crece la capacidad de comunicación de redes digitales autónomas, del mismo modo que la descentralización de la comunicación y la información pueden contribuir a superar el monopolio de los medios de comunicación tradicionales.

Por todo ello, parece que el nuevo papel del bandido que persigue transformaciones sociales radicales debería fundarse en el mundo cibernético, con los llamados hackers o ‘ciberdelincuentes’. A pesar de que existen distintas tipologías en función de sus motivos y acciones, de acuerdo con la tesis de Hobsbawm me ocuparé – de forma muy breve- exclusivamente de aquel tipo de hackers motivados por fines sociales y políticos, tipología que se ha recogido bajo el nombre de hacktivismo o ciberactivismo,y cuyos casos más sonados podrían ser Julian Assange, Edward Snowden y la organización Anonymous. Estos ‘Robin Hood digitales’ se consideran defensores de la libertad y de la libre información y para ello utilizan la tecnología -más explícitamente Internet y ordenadores por el sinfín de posibilidades de sabotaje que ofrecen- como armas eficaces para el conflicto y la protesta sociales. Un buen ejemplo del potencial de este nuevo movimiento es Wikileaks -una página web fundada en 2006 cuya cabeza visible es el hacker Julian Assange, encarcelado desde mayo de 2019- que publica información confidencial de interés público y que en 2010 ganó fama mundial con la filtración masiva de material clasificado del ejército de los Estados Unidos sobre las guerras de Afganistán e Irak. Ajustándose al modelo propuesto por Hobsbawm, para los gobiernos y otros órganos de poder estos hackers -o ‘bandoleros sociales digitales’- no son más que ciberdelincuentes, criminales a los que cabe poner coto, mientras que para buena parte de la población mundial la tarea que realizan no deja de ser imprescindible para proteger a los individuos del control y la represión sociales. Sin embargo, es inevitable no tener la sensación de que todo el potencial transformador y revolucionario que ofrecen tanto el ciberactivismo como las nuevas tecnologías está todavía por desplegarse, al menos más allá de la gran pantalla. Pese a que tal vez no se pueda traer a la realidad el argumento de Mr. Robot, una serie televisiva en la que un grupo anarquista pretende acabar con el sistema económico mediante la destrucción de todos los registros bancarios, no podemos menos que alentar e incitar al uso subversivo y disruptivo de todas las armas que el poder nos brinde. Toda una tarea por delante.

Bandidos, de Eric Hobsbawm (1969)
Edicón de Libros de Historia, traducida por Mª Dolors Folch Fornesa (Abril, 2016)


NOTAS AL PIE

1. Véase, por ejemplo, Anton Blok (1972), The Peasant and the Brigand: Social Bandity reconsidered.

2. Llegados a este punto, es inevitable no lamentarse ante cierto potencial contenido derrochado al limitarse al período de penetración del capitalismo en el campo y no prestar atención a períodos posteriores. Además, al centrarse sólo en aquel tipo de figuras, quedan fuera muchos otros personajes históricos cuya imagen pública es más ambigua.

3. El examen de las fuentes judiciales como la principal fuente para los estudios sobre bandolerismo, al menos en España, se lo debemos a Beatriz López Morán, con su obra El bandolerismo gallego en la primera mitad del siglo XIX (1995).

4. La Teoría de la Asociación Diferencial de Sutherland, parte de una concepción culturalista de la desorganización social, según la cual, constituía el síndrome de la ruptura de los viejos cánones culturales y en este ámbito, donde comienza a formarse los nuevos valores, aparecen comportamientos desviados y criminales opuestos y negadores de los otros.

5. Gabriel Vives Ferrer (2015). El fenómeno del bandolerismo como sublevación contra Roma: el caso de Hispania en la época republicana.

6. El servicio militar y la cárcel son los lugares en los que es más fácil que bandidos y revolucionarios modernos se encuentren, motivo por el cual estos estos han sido testigos de muchas conversiones políticas.

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