LA AGROINDUSTRIA COMO FABRICANTE DE PANDEMIAS

Por Júlia Garcia Baucells. Dresden, Alemania, 12 de Junio de 2020

El hombre en sociedad, no es un ente abstracto: nace, se desarrolla, vive, trabaja, se reproduce, enferma y muere, en sujeción estricta al ambiente que lo rodea, cuyas diferentes modalidades originan modos de reaccionar diversos, frente a los agentes productores de enfermedades. Esta condición-ambiente está determinada por el salario, alimentación, vivienda, vestuario, cultura y demás factores concretos y actuantes; orienta el análisis de nuestros problemas médicos y preside el programa de este Ministerio.”

Salvador Allende, La Realidad Medico-Social Chilena (1939)

LAS CARENCIAS DE LA INVESTIGACIÓN DE ENFERMEDADES INFECCIOSAS

Los éxitos de las vacunas y de los antibióticos, juntamente con la mejora de las condiciones de higiene, la caída de las tasas de mortalidad infantil y el aumento de la esperanza de vida hicieron pensar a Occidente que las pandemias eran cosa del pasado. Sin embargo, con la COVID-19 campando a sus anchas, no hace falta decir que esto era una ilusión sin fundamento. Es verdad que la incidencia de algunas de las enfermedades mortales clásicas ha bajado mucho. La viruela ha sido erradicada, la poliomielitis está casi erradicada —sigue siendo endémica solamente en Afganistán y Pakistán— y la lepra es muy rara. No obstante, el retorno con más virulencia de algunas enfermedades clásicas como la malaria, el cólera, la tuberculosis o el dengue, que se ha producido en este último medio siglo, nos ha tomado desprevenidos. A esto se le añade la sorpresa que nos produce la aparición de nuevas enfermedades infecciosas como la SIDA, el Ebola, el SARS, el MERS, la gripe aviar, y ahora… la COVID-19. Con brotes de enfermedades infecciosas emergentes apareciendo al ritmo vertiginoso de uno casi cada año… ¿Por qué a las autoridades de salud pública les cogió por sorpresa el escenario de una pandemia mundial?

Por Júlia Garcia Baucells

En la década de los setenta se pensó que las enfermedades infecciosas eran un área de investigación que estaba muriendo y que los problemas del futuro serían las enfermedades degenerativas, enfermedades crónicas o problemas de salud derivados de la edad avanzada. Era bien sabido que la prevalencia de las enfermedades infecciosas había ido decreciendo en los últimos 150 años. Quizás se creyó que las cosas seguirían funcionando como hasta entonces. Además, aunque se sabe que la mutación y la selección natural en los microorganismos puede suponer una amenaza para la construcción de nuestra defensa ante las enfermedades, desde la investigación científica, a menudo se confía demasiado en que cualquier cosa que el organismo cambie, el mecanismo-causante-de-la-enfermedad va a permanecer siempre igual, década tras década, y que nosotros diseñaremos armas más nuevas, más fuertes y más efectivas contra él. El Banco Mundial y el FMI también afirmaban —y siguen haciéndolo— que el desarrollo económico eliminaría la pobreza y aumentaría la prosperidad, haciendo que las nuevas tecnologías fueran universalmente accesibles y que, con esto, las enfermedades infecciosas simplemente desaparecerían a medida que los países se desarrollaran. Esto es lo que Richard Levins denominó como la “doctrina de la transición epidemiológica”.

¿Qué es lo que estaba tan equivocado en nuestras suposiciones epidemiológicas? Levins argumenta que nuestra mentalidad histórica es demasiado limitada. No solamente porque la ventana de tiempo que tenemos en mente abarca 100, a lo sumo, 200 años, sino también porque nuestro conocimiento en ciencias de la salud tiene un sesgo geográfico considerable. Se ha obviado que las enfermedades vienen y van cuando hay cambios mayores en las relaciones sociales, en la densidad de población, en los medios de producción, la tierra que usamos, etc. Cuando cambiamos nuestras relaciones con la naturaleza también cambiamos la epidemiología y las oportunidades para la infección. Actualmente, el 60-70% de las epidemias emergentes tienen origen en especies animales y 2/3 provienen de la fauna salvaje (Robbins, 2012). Pero los doctores se han preocupado principalmente de los problemas de salud que nos acechan a los humanos, y se ha prestado relativamente poca atención a las enfermedades de los animales salvajes, o de las plantas. A modo de ejemplo, sólo se conoce aproximadamente el 1% de los virus de la vida silvestre y la inmunología de los animales salvajes es una ciencia en su infancia. ¡Todos los organismos traen consigo mismos enfermedades! Aunque la invasión de un organismo puede o no producir síntomas, todos los organismos se enfrentan a los parásitos. Invadir a un organismo es una forma de escapar de la competición en el agua o en el suelo, y mientras más abundante sea una especie en un ambiente, más atractiva es para nuevas invasiones de parásitos. Hay una constante co-evolución entre parásitos y huéspedes a lo largo de los cinco reinos de organismos, lo que no es único solamente de los humanos.

Hemos fallado en el estudio de las infecciones junto con la sociedad. Los organismos —y también nosotros— respondemos a los desafíos del ambiente. No se ha mirado lo suficiente al agente-ambiente, no se ha preguntado lo suficiente: ¿Qué es lo que hace a las poblaciones vulnerables? La salud pública convencional se ha desentendido de la historia mundial, de la ecología, de las ciencias sociales… Los pobres y oprimidos son mucho más vulnerables a todos los peligros para la salud. Sin embargo, la epidemiología se ocupa poco o nada de la clase social. Es un error. La clase social es el mejor indicador de la esperanza de vida, la frecuencia de ataques cardíacos, el riesgo de padecer enfermedades crónicas, accidentes laborales… y ahora, del riesgo de morir por COVID-19 o de contraer la enfermedad. El contexto, entonces, importa.

LA AGROINDUSTRIA Y LAS NUEVAS ENFERMEDADES

La pandemia de coronavirus ha puesto sobre la mesa, y de forma clara, los problemas de base a los que se ha enfrentado la respuesta a esta emergencia: las deficiencias de nuestros sistemas de salud públicas, debilitados por los recortes y las privatizaciones, la crisis de la gestión de las residencias de mayores, el desmantelamiento industrial que no ha permitido nuestro autoabastecimiento de material sanitario básico o la alta exposición al virus de los barrios de clase trabajadora. Hay, sin embargo, otras causas estructurales que nos han llevado a la situación actual y estas responden a dos preguntas simples: ¿De dónde surgen estos patógenos? Y ¿cómo se propagan? 

Estos patógenos emergen de la interfase entre la esfera económica y social —fuertemente arraigada en la producción capitalista— y el mundo natural que también incluye el extenso y, para nosotros siempre infinito, mundo microbiológico. Para ejemplificar este punto, es más sencillo hablar primero de la propagación y después de su origen. La propagación de patógenos puede darse mediante los circuitos de bienes o mercancías globales y/o las migraciones de trabajadores. Ambos forman parte de la llamada geografía capitalista. La globalización y la alta producción industrial no solo ayudan a que el virus se propague mucho más rápido, sino también a que su genoma mute mucho más rápido. ¿Por qué? Porque esto permite que el virus se exponga a un número muy elevado de vías evolutivas en un tiempo récord, haciendo que las variantes mejor adaptadas superen a las otras.

Un buen ejemplo es el de la gripe aviar, aunque no es el único. Las cepas que se aislaron previamente en poblaciones de pájaros salvajes eran cepas virales inofensivas que no presentaron alta patogenecidad, pero que después, al encontrarse en ambientes hiper-competitivos, como la alta densidad de aves de corral en las granjas industriales, evolucionaron a nuevos vectores de transmisión que posibilitaron el contagio humano. En estos casos, las cepas virales que tienden a destacar lo hacen por su virulencia, es decir, por su capacidad de producir enfermedad. Se podría pensar que esto es contraproducente, ya que el hecho de aumentar las probabilidades de matar al huésped te da menos tiempo para propagarte. En realidad, este es el caso de la gripe común, que mantiene niveles bajos de intensidad favoreciendo la propagación entre la población. Sin embargo, en determinados casos la lógica contraria es la que presenta una ventaja evolutiva. Estos son: cuando el huésped tiene un ciclo de vida corto y cuando numerosos huéspedes de la misma especie están muy cerca formando poblaciones de gran tamaño y densidad alta como las explotaciones ganaderas intensivas o los monocultivos agrícolas.

Tener a muchos animales juntos en condiciones de hacinamiento —curiosamente Massentierhaltung es una palabra alemana que designa literalmente eso y que significa explotación intensiva de animales— deprime su sistema inmune eliminando los frenos inmunitarios que ralentizarían la transmisión. Además, una alta producción, que es la base de la producción industrial, proporciona un suministro constante de huéspedes accesibles, añadiendo leña al fuego de la evolución de la virulencia. Paradójicamente, intentar parar el brote infeccioso mediante el sacrificio masivo de animales es todavía más dañino. Esto se dio durante la peste porcina de finales del año pasado que acabó con un cuarto del suministro de cerdo mundial. Y es que cuando la infección en una población es generalizada, deshacerse de un puñado considerable de animales se traduce involuntariamente en un aumento de la presión selectiva, lo que favorece la evolución de cepas hipervirulentas.

Respecto al origen de estos patógenos, si tomamos como ejemplo la peste porcina y la gripe aviar, dos brotes relativamente recientes, vemos que están claramente asociados con el núcleo del sistema agroindustrial. Sin embrago, establecer esta conexión en el caso del coronavirus no es tan sencillo. Se cree que el SARS-CoV-2 se originó en murciélagos de herradura en una cueva en Yunnan (China), a 1.600 quilómetros de lo que después se convertiría en el primer epicentro de coronavirus: un wet-market o mercado húmedo semi-ilegal en Wuhan (Quammen, 2020; Qiu, 2020). Como vemos, no hay ninguna relación directa con una granja. No obstante, el nuevo coronavirus parece ser otro de esos patógenos que se desarrolla en un contexto agroeconómico. Tal y como argumenta Rob Wallace en su libro Big Farms Make Big Flu (“Las grandes granjas producen grandes gripes” en español), los procesos económicos bajo el yugo del capitalismo son cómplices de gestar epidemias mortales mediante dos rutas: (1) la que proviene directamente del corazón de la producción agroeconómica y que corresponde al caso anterior de la peste porcina y la gripe aviar y (2), la que procede de las consecuencias de la primera, es decir, de la expansión y extracción capitalista en la periferia. Esto provoca cambios en la interfase entre humanos y no-humanos, haciendo que los virus cultivados en poblaciones salvajes salten y se distribuyan a través de los circuitos de capital globales. La devastación ecológica a la cual nos enfrentamos, ya sea debida al cambio de las condiciones climáticas base y/o la destrucción de los ecosistemas pre-capitalistas, reduce la complejidad medioambiental mediante la cual el bosque interrumpe las cadenas de transmisión. Dicho con otras palabras, y tomando como ejemplo la deforestación, la destrucción de superficie forestal aproxima a los humanos a especies con las que nunca antes había tenido contacto, lo que aumenta el riesgo de contagio de muchos virus desconocidos. Además, esto ha permitido que el tráfico de especies exóticas o la comercialización de alimentos salvajes se haya convertido en otro sector formalizado capitalizado por las mismas fuentes que promueven la producción industrial. Así que a medida que la industria agricultora se hace con el último pedazo de bosque, impulsa a su tiempo la comercialización de bienes de origen salvaje, haciendo que ambos sectores estén fundamentalmente entrelazados.

El desplazamiento de población de zonas rurales a los barrios bajos urbanos o la rápida urbanización de las ciudades rurales, que actúan como mercados locales y centros intermediarios para los productos agrícolas mundiales, posibilita que los patógenos no se limiten únicamente al interior del territorio. De este modo, el contagio puede ser muy rápido desde una cueva de murciélagos a una gran ciudad. Lo que antes eran focos locales, ahora, con el aumento del comercio mundial, se filtran por las redes mundiales de viajes y comercio en un tiempo récord.

El Ebola es un buen ejemplo de como la destrucción ecológica siembra el terreno para la transformación de cepas virales “salvajes” en pandemias globales. La evidencia actual apunta a que el origen del virus del Ebola se encuentra en distintas especies de murciélagos del África Occidental y del África central (Grady, 2019). El Ebola es muy agresivo fuera de sus especies reservorio, es decir, los mamíferos salvajes que hacen de huéspedes intermediarios y, por extensión, también los humanos que entran en contacto con estos mamíferos infectados; ambos contraen de forma periódica el virus y sufren brotes de alta mortalidad. Se han producido varias epidemias mortales por Ebola, siendo los dos brotes más grandes el de 2013-2016 en Africa Occidental y el del 2018 hasta el presente en la República Democrática del Congo, casi siempre con una mortalidad superior al 50%. En los últimos años se han desarrollado distintas vacunas por parte de compañías privadas, pero debido a los lentos mecanismos de aprobación, la problemática de las patentes y a la falta generalizada de infraestructura sanitaria, las vacunas han hecho poco para detener la epidemia. Según Wallace, el momento de los brotes no fue mera casualidad, opuestamente a como se nos ha presentado, es decir, como un desastre natural o como un evento al azar, en el mejor de los casos, y en el peor, se ha culpado a las practicas culturales “impuras” de las comunidades que viven en los bosques, con todo el racismo que esto conlleva. Los dos grandes brotes antes mencionados se produjeron precisamente cuando la expansión de industrias agricultoras perturbaron a los ecosistemas locales, desplazando cada vez más a los pueblos que habitan en los bosques hacia su interior. En palabras de Wallace, “cada brote de Ebola parece estar relacionado con los cambios en el uso de la tierra impulsados por el capital“. El brote en Guinea tuvo lugar justo después de que el gobierno decidiera abrir el país a los mercados globales y se vendieran grandes extensiones de tierra que fueron dedicadas a la producción de aceite de palma, la materia prima para la fabricación de biodiésel. La industria del aceite de palma es bien conocida por su papel en la deforestación y la destrucción ecológica en todo el mundo (Brasil, Malasia, Indonesia, Nigeria, Tailandia, Colombia, Nueva Guinea, Costa de Marfil, Costa Rica, Honduras, Nicaragua, Guatemala), ya que sus monocultivos devastan la rica complejidad ecológica que ayuda a parar las cadenas de transmisión, además de atraer a las especies de murciélagos que sirven de reservorio natural del virus y mantenerlas alejadas del contacto humano.

LAS EPIDEMIAS Y EL CONTEXTO ECONÓMICO-SOCIAL

Cuando el ser humano cambia su relación con el medio que le rodea es como abrir la caja de Pandora de los patógenos. No es de extrañar entonces, que al imperialismo y a la industrialización capitalista les hayan seguido bien de cerca la sombra de sus plagas. A continuación examinaremos brevemente el brote de peste bovina durante la década de 1890 en África, el mayor de los holocaustos epidemiológicos del imperialismo, y la mal llamada gripe española o gripe de 1918-1919, la primera plaga del capitalismo sobre el proletariado.

A finales del siglo XIX tuvo lugar el auge del imperialismo ejemplificado por la colonización del África. La peste bovina del decenio de 1890 se trajo de Europa a África del Este por los italianos, que en aquel entonces trataban de competir con otras potencias mundiales mediante la colonización del Cuerno de África con una serie de campañas militares fallidas. Sin embargo, la peste se propagó a través de la población ganadera autóctona, y finalmente llegó a África del Sur, donde mató al 80-90% del ganado, lo que tuvo efectos devastadores para la economía agrícola. La plaga provocó una hambruna sin precedentes en las sociedades predominantemente pastoriles del África subsahariana. La hambruna y la pérdida de ganado fueron seguidas por la invasión de la sabana por arbustos espinosos, que crearon un hábitat ideal para la mosca tse-tse, la cual es portadora de la enfermedad del sueño y evita el pastoreo del ganado. Esto impidió la repoblación de la región después de la hambruna y permitió un aumento de la propagación de los poderes coloniales europeos en el continente.

Figura 1: El curso de la peste bobina desde el Cuerno de África a África del Sur (1887-1897) (Mack, 1970).

La gripe del 1918-1919, la pandemia más mortal del mundo hasta ahora, se saldó con la muerte estimada de 50-100 millones de personas, duplicando las víctimas mortales de la Primera Guerra Mundial. Fue uno de los primeros brotes de gripe H1N1 y está emparentada con los brotes más recientes de gripe porcina y gripe aviar. Durante mucho tiempo se creyó que era mucho más virulenta que otras variantes de gripe dado el elevado número de muertes que causó. Pero investigaciones epidemiológicas posteriores —a veces el tiempo nos devuelve cierta cordura al mirar al pasado— demostraron que tal vez la gripe del 1918-1919 no fuera tan virulenta como otras epidemias posteriores que apenas causaron estragos en la población. Su alta mortalidad probablemente se debió a la malnutrición generalizada, al hacinamiento urbano y a las condiciones de vida insalubres de las zonas afectadas, tanto en las trincheras como en las ciudades, lo que no solo fomentó la propagación del virus de la gripe sino también el cultivo de superinfecciones bacterianas. De hecho, el brote gripal de la primavera de 1918 fue apenas mortífero comparado con el de agosto de 1918. Este segundo brote se extendió desde Francia a toda Europa, Estados Unidos y el mundo. Dicho de otro modo, aunque el número altísimo de muertes se presenta como una de las consecuencias inevitables del virus, es prácticamente incuestionable que las condiciones sociales tuvieron un papel principal en el impulso de la pandemia. Mientras tanto, la rápida propagación del virus fue posible gracias al comercio internacional y a la guerra mundial.

Hemos visto que estas epidemias además de provocar crisis agrícolas periódicas y ayudar al capitalismo a expandirse más allá de sus fronteras, también han azotado al proletariado en los núcleos industriales. Vale la pena destacar que el hecho de que tantas epidemias recientes parezcan surgir de China no tiene nada de cultural —¡eso solo son interpretaciones racistas!—, sino que se trata de una cuestión de geografía económica. No es nada nuevo, especialmente para Estados Unidos y Europa. Cuando estos últimos fueron núcleos de producción industrial mundial y de empleo masivo, los resultados fueron muy parecidos: la muerte del ganado en los campos se topó con las escasas prácticas sanitarias y la contaminación generalizada en los asentamientos proletarios de las ciudades. De pronto, la elite liberal-progresista, preocupada por las condiciones en las que se producían sus propios alimentos, se esforzó por reformar las zonas de clase trabajadora. Esa indignación por la “suciedad”, con todos los tintes de aporofobia y racismo que acarrea, es la que muchas personas manifiestan con la epidemia de coronavirus… Se olvidan de que los trabajadores tienen poco control sobre las condiciones en las que trabajan. Las condiciones insalubres que se filtran afuera de la fabrica a través de la cadena de procesamiento y distribución son solo una pequeñísima parte. La contaminación ambiental es el pan de cada día de la mayoría de trabajadores y de aquellos que viven en asentamientos proletarios cercanos, lo que merma el estado de salud de gran parte de las personas, favoreciendo la propagación de muchas de las plagas que acompañan al capitalismo.

El virus no es, entonces, un elemento exógeno al sistema capitalista, aunque esta idea se repita en la prensa hasta la saciedad. Las crisis de salud publica no son sucesos al azar o desastres naturales. Siguen sus patrones cíclicos de recurrencia que tienden a tener la misma regularidad que las crisis económicas. El caso del coronavirus no es muy distinto al de la gripe de 1918-1919 en lo que ambos han podido propagarse rápidamente por la población debido a la degradación de la atención sanitaria básica. Con respecto al momento actual, esta degradación ha tenido lugar en medio de un crecimiento económico sacado a relucir por ciudades masivas y fabricas brillantes non-stop. Pero la verdad es que los gastos en bienes públicos como la sanidad pública y la educación son extremadamente bajos en muchos lugares del mundo. Esta mezcla de abandono y privatización del sistema de atención sanitaria se ha dado junto con una rápida urbanización, el aumento de la producción industrial, la degradación de la calidad de nuestros alimentos y el aumento de la agresividad en la destrucción del medio ambiente.

LA ALIENACIÓN DEL CAPITAL JUEGA A FAVOR DE LOS PATÓGENOS

En los núcleos de producción agroindustrial se siguen brindando las condiciones perfectas para la fabricación de patógenos virulentos y su posterior transmisión. Algunas de ellas ya se han mencionado, como el uso de monocultivos genéticos (animales y plantas con genomas casi idénticos) o el hacinamiento masivo de animales. Además, a menudo la edad de sacrificio de algunos animales, como las aves de corral, es muy baja, lo que permite que se seleccionen patógenos capaces de sobrevivir a los sistemas inmunes más robustos. Otra mala praxis en las líneas de producción es la disminución de la reproducción del ganado industrial on-site (en el lugar) haciendo que la selección natural no pueda ofrecer protección contra las enfermedades en tiempo real. Estos conocimientos no son nuevos para la comunidad científica, bien al contrario, hace mucho tiempo que la idea de la evolución de las especies está bien impregnada en la historia de la ciencia.

Llegados a este punto, uno debería preguntarse: ¿Cómo se puede asumir el riesgo, de forma sostenida, de seleccionar un patógeno que podría matar a millones de personas? Pues bien, el mando privado de la producción está totalmente centrado en el beneficio: el agronegocio externaliza los costos de sus peligrosas operaciones epidemiológicas a los consumidores, a los trabajadores agrícolas, a los entornos locales, a los gobiernos, a los sistemas de salud pública, etc. Los daños son tan extensos que si las empresas responsables tuvieran que pagar por ellos, el agrobusiness se acabaría para siempre. ¡Ninguna compañía podría soportar los costos de los daños que impone! Mientras que los patógenos se producen y se escapan por debajo de la puerta de la granja y la fábrica de alimentos dirigiéndose inmediatamente al público, el agrobusiness se apuntala gracias a la cooperación gubernamental. Nuestra estructura política actual permite a las empresas agrícolas multinacionales privatizar los beneficios mientras externalizan y socializan los costos provocados por la falta de una bioseguridad que no están dispuestas a pagar.

Deberíamos proponer la re-internalización de los gastos de la agroindustria. Es la única manera de evitar una verdadera pandemia masiva mortal en un futuro cercano. Por otro lado, actualmente los costes de mano de obra son muy bajos, hay una elevada mecanización y el precio de los insumos agrícolas (semillas, fertilizantes, insecticidas, herbicidas, etc.) es muy alto. Por lo tanto, los costos de los insumos se podrían reducir drásticamente, mientras que se promueve más inversión en mano de obra, es decir, más gente trabajando en el campo. En definitiva, en lugar de cultivar solamente maíz y soja, fomentar la introducción de más cultivos como la avena o la alfalfa para poder reintegrar a los animales que vivían en los campos hasta 1960-1980, impulsar el uso de más cultivos fijadores de nitrógeno y reducir el uso de fertilizantes químicos, reiniciar las rotaciones de cultivos, lo que perturba a los hongos patógenos que no pueden adaptarse tan rápidamente al cambio de cultivo… La buena noticia es que solo la eliminación de los insumos supondría la muerte de la agroindustria tal y como la conocemos, lo que es un imperativo para poder re-introducir a la humanidad de nuevo a los ciclos de regeneración de la tierra y re-conectar las ecologías con nuestras economías. La mala, que el lobby del agronegocio luchará todo lo que sea necesario para evitar que esto suceda.

Hasta ahora, los gobiernos, la mayoría de los organismos médicos y los medios de comunicación se han centrado en cada nueva emergencia por separado y de forma completamente aislada, extirpada, del contexto político-social, económico o medioambiental. También, aunque en menor medida, la comunidad científica ha pecado de haber hecho lo mismo. Una pandemia que surge del modo de producción capitalista y que se espera que sea el Estado quien nos devuelva a la “normalidad” previa al desastre, ofrece una oportunidad para la desigualdad y que los más ricos engorden todavía más sus bolsillos. Solamente mediante la búsqueda del origen y las relaciones causales que tejen el nacimiento de las epidemias emergentes es posible crear una respuesta verdaderamente efectiva, solidaria y que además, nos proteja en el futuro.


REFERENCIAS

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InfoLibre. La fortuna de los 23 españoles más ricos crece un 16% desde el 18 de marzo. https://www.infolibre.es/noticias/economia/2020/05/30/la_fortuna_los_espanoles_mas_ricos_crece_durante_los_dos_meses_pandemia_107257_1011.html [publicado online el 11 de mayo de 2020] 

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